martes, 13 de diciembre de 2016

villanelle de mañanas póstumas



ábrete y mira
el otoño se recoge
también lo hace estremecer el invierno

levántate y camina
qué hay del deseo
sólo quería ver a las arañas parpadear

siéntate y escucha
es esta la historia del pecado
cuando pudimos soñar soñamos con la culpa

abrázate y no te rías
el ruido crea inconsciencia
una vaga memoria de alguien que gritaba sobre la extinción de las flores

súbete y canta
la promesa del incendio no es tuya
escríbela para que ardas tú con ella

duérmete y respira
al fin la absolución del errante
la deixis de los espectros que recuerda
a una época horrorosa sin arañas ni tambores

miércoles, 18 de mayo de 2016

azul

 y ahora que tenemos que decir adiós
¿adónde iremos?
¿qué buscaremos?

entre los espacios del dentro y el fuera
el aquí y allí
el tú y el ellas
no podemos recordar lo que fuimos
lo que tuvimos
y cómo lo perdimos

detrás,
no dejamos más que polvo y el humo en el que nos convertimos


adelante,
un verano que dura y dura y dura
como el océano en calma que murmura y murmura y murmura
ten tu arena y tus sueños de ser invencible
devuélveme mi sal y mi deseo de arder irresistible

nos deslizamos tan apaciblemente
como derrelincos insalvables
como carabelas inseparables
por estas habitaciones tan ligeramente

¿de qué nos sirve esta casa si no hemos sabido cómo vivir en ella?
¿de qué sirve una cama una ventana un cenicero si no hay nada que habite en ellos?
¿de qué servimos si no sabemos despertar sin resuello?

en este cuarto de baño nos preguntamos
¿cuánto pesa una veinteañera?
y sólo ahora entendimos que es una pregunta trampa

su peso no se reparte
se mueve fluctúa y se comparte
entre los taburetes de los bares en los que se desgañitado
entre las calles de estrellas agónicas en las que se ha encontrado
entre las bocas ajenas y amargas que ha perdonado

junto a este horno hemos visto más azul que todos aquellos que no sabían darle forma
el azul de unas paredes en las vislumbraste tu ser y tu nombre
el azul de una luz que no te ciega hasta que no está dentro
el azul de un poema un verso un chillido que jamás estará muerto
el azul que no es azul pero maldito él que siempre fue cierto

junto a estas puertas pesarosas
han levitado tres anhelos
tres laberintos
tres cielos

una fuma cigarrillos con las manos doloridas
qué pena de niña que no sabe vivir si no es a escondidas

la otra lleva una constelación en la cara
y un asterismo en la almohada

la última se ríe de vez en cuando
pero siempre que lo hace amanece de nuevo deslumbrando

ya hemos dicho adiós
¿adónde vamos?
¿qué buscamos?

una razón para danzar
un alivio que esperar
una cama una ventana un cenicero que habitar
un color que inventar

recuerda que la luna que vive debajo de tu piel
es azul
pero también es roja y verde

domingo, 27 de julio de 2014

Περσεφόνη (I)

Sólo puedo quererte con besos y amapolas,
con guirnaldas mojadas por la lluvia,
mirando cenicientos caballos y perros amarillos.
Sólo puedo quererte con olas a la espalda,
entre vagos golpes de azufre y aguas ensimismadas,
nadando en contra de los cementerios que corren en ciertos ríos
con pasto mojado creciendo sobre las tristes tumbas de yeso,
nadando a través de corazones sumergidos
y pálidas planillas de niños insepultos.

Oda con un lamento, Pablo Neruda

Crees que puedes olvidar la risa de la hija de la primavera. Crees que puedes dejar de ver a la chica que lleva las flores en el pelo y la promesa del sol entre los dientes. Crees que puedes deshacerte de la sangre en tu boca y tu morada de escombros

Nunca has creído en nada. Por eso no crees que pueda existir otro mundo en el que ella no sea tuya.  

La acoges en tu pecho con violencia y crueldad. La contemplas cubierta de sangre y pinceladas en púrpura donde te parecía que dejabas tus besos. Sigue siendo hermosa. Es un bosque al que le hayas prendido fuego, salvo que las llamas son parte de ella.

Te parecía una niña risueña y jubilosa que se trenzaba el cabello con los dedos sonrosados cuando la mirabas desde tu caverna. No es una niña en absoluto. Es una bestia con la garganta sedienta por volver a casa. Por supuesto, no la amarías de ninguna otra manera.

Poco a poco, sombra tras sombra, aullido tras aullido, se apacigua. Sus ojos permanecen siendo escoldos de deseos por desgarrarte por haberla arrancado de los brazos del verano, no obstante, a veces la oyes cantar. No es la voz llena de amores y melodías ufanas. Sus tatareos suenan al son de los lamentos perpetuos. Si una estrella sangrante pudiese gritar, si un río seco pudiese llorar, si una niña perdida pudiese llamar a su madre. Lleva con elegancia el reino de piedra y muerte en sus pómulos acerados y su sonrisa afilada.

Se corona a sí misma sin ceremonias. El único ritual que te deja ver son las raíces oscuras que nacen desde su clavícula, pero no te muestra las telarañas en su cabeza. Levanta la barbilla y te enseña el cuello, blanco y frágil como las alas del cisne. Te desafía.

Oh, niña, no sabes a lo que estás jugando.

Oh, sí que lo sabe. Mira cuán lejos ha llegado.

Le haces todo tipo de cosas innombrables. No lo dice, pero parece que le gustan. Cuando se queda dormida junto a ti, acurrucada como un pimpollo, quieres separarle las vértebras en busca de las huellas de su inocencia, sus pasadas carcajadas de la infancia. Cuando abre los ojos, sabes que ella nunca fue la hija de la diosa de las semillas, nació para ser una soberana, para hacer de sus telerañas un reino.

Tu madre no podía saciar tu hambre de ruinas y poder con coronas de margaritas y heliotropos. Yo te he dado un imperio y una eternidad para gobernarlo. Trata de decirme que no es la destrucción lo que veías en tus más dulces sueños.